jueves, 13 de marzo de 2008

Nací un jueves: Cuento de Lola B.



Nací un jueves, al rayar el alba y, según mi madre, en ese mismo instante una estrella muy luminosa cayó del cielo y se fundió en el mar…
Todos decían que había nacido bajo el signo de las aguas, y yo, aunque no supiera el significado de esas palabras, me las creí.
Mi mundo interior, durante muchos años, fue verde y azul; como mis sueños, como mis juegos. Recuerdo que, con apenas cinco años, recogía las primeras margaritas que me regalaba la primavera, y tejía con ellas coronas para engalanar mi pelo: ¡durante años pensé que eran corales y caracolas!

Por alguna razón que desconozco me estaba totalmente prohibido acercarme a la orilla del mar, y eso que lo tenía constantemente ante mis ojos…También disfrutaba, durante aquellos años, dejando que mis manos se empaparan del rocío que atesoraba la hierba: ¡eran espuma y gotas salinas lo que yo soñaba tocar! Sé que mis padres me observaban entre sorprendidos y preocupados. Yo, ¡no era una niña como las demás!

La gente comentaba, lo sé, ya que, al llegar yo, en multitud de ocasiones pude advertir que, a mi alrededor, se hacía un forzado silencio… Mi aspecto les llamaba la atención. Mi piel blanca y casi trasparente brillaba bajo el sol como si tuviera escamas, al menos eso decían ellos; mis cabellos, rojos y rebeldes, eran del color de las algas, y mis ojos tenían esa transparencia azul de las aguas quietas…

Mi nombre es Marina, extraño nombre para alguien a quién le tenían prohibido acercarse al mar… Crecí feliz, aunque llena de interrogantes. La naturaleza que me rodeaba era mi más asidua compañera. Sus sonidos y olores estimulaban mi imaginación siempre deseosa de nuevas experiencias. El tiempo pasó por mí de la misma manera en que pasa por el resto de los mortales: unas veces rápido y otras lento, pero os puedo asegurar que, a decir de los demás, a los dieciséis años me había convertido en una espléndida mujer…

Un seis de octubre, si mi memoria no me engaña, durante una de mis ensoñaciones sobre la hierba verde, escuché su voz acariciando mi piel:
-Pareces una sirena…

-¿Una sirena?, ¿qué es una sirena?

Su risa sonó profunda y cantarina, como el sonido de las olas sobre las rocas…

-Es una mujer mitológica y misteriosa nacida de los sueños del mar.

-¡Qué hermosas palabras dices…! ¿Quién eres que hueles tan diferente a las demás personas que conozco?

-Para ti me llamaré Neptuno, ya que vivo en el mar, de él proviene el olor de mis ropas y mi cuerpo.

-¿De él…?

-Sí, gotas de sal y brisa; aroma de algas y corales; noches serenas y oleajes intensos que te dejan empapado de agua; espuma, estrellas, pedacitos de luna…

Durante quince días seguidos Neptuno acudió a nuestra cita no pactada. Me contaba cosas fantásticas del mar y sus habitantes.Leyendas imposibles, y viajes a lejanos mundos. Me regaló una caracola para que escuchara el sonido de las olas, y yo la oía por las noches, como si sus lejanos ecos me acercaran más a él… Mientras Neptuno hablaba yo me iba empapando, más y más, de su olor y sus palabras. Un sentimiento desconocido e intenso empezó a nacer en mí… ¡Vivía solamente para los momentos en que estábamos juntos!

Un veintidós de octubre, si no recuerdo mal, dejó de acudir a nuestras citas. Le aguardé ansiosa los primeros días. Desesperada los meses siguientes. Enloquecida durante tres años… Dejé de comer, de reír, aseguran que me puse tan pálida como un lirio. Todo eso hasta hoy: hoy seguiré el rastro de su olor hasta encontrarlo…

La playa del pequeño pueblo es un tumulto y una algarabía de gente que se lamentan y cuchichean. Están todos alrededor de un cuerpo, blanco, de mujer, que les ha devuelto el mar esa mañana desapacible del mes de octubre…

-¿Quién es…?, pregunta un lugareño despistado.

-Es, Marina, la ciega de la casa grande,-le responden-, nadie conoce la razón que la hizo bajar a la playa y adentrarse en el mar hasta que se ahogó.

-Pobre chica. Parece realmente una sirena con su pelo de algas mojado, y…esa caracola que aprieta fuertemente entre las manos…

miércoles, 12 de marzo de 2008


¿Te he contado ...? Cuento de Luís A.



Le vi una mañana de domingo. Yo me había levantado antes de lo habitual y decidí darme una vuelta por los jardines de El Buen Retiro. No eran las diez y, a esa hora, aún se podía andar por el parque sin que nadie molestara mi paseo. Se podía, incluso, oír el aire otoñal entre los árboles.

Era muy anciano, estaba sentado en un banco y tenía una paloma en su rodilla izquierda; a medida que me acercaba, tuve la impresión de que hablaba con ella.

Me senté cerca de los dos y, no cabía duda, en un tono lento, mesurado, no muy alto, el hombre se dirigía al ave y, esto era aún más raro, la paloma parecía entender lo que oía..., movía la cabeza, de vez en cuando, con esos movimientos rápidos, como tics nerviosos, que todos conocemo, sólo que, en este caso, parecían signos de atención a lo que escuchaba.

Uno no es muy cotilla, pero sentí la misma curiosidad que cualquiera hubiera tenido en mi lugar.

-¿Te he contado lo de mi último e inolvidable amor frustrado?- preguntó el anciano.

La paloma negó con la cabeza.

-Fue muy hermoso. La conocí cuando yo estaba convencido de que el amor verdadero era una utopía; había tenido muchos desengaños y pensaba que las personas no eran capaces de querer a nadie más que a sí mismas; que lo que llaman amor era sólo cariño derivado del trato, de la cercanía, de lo cotidiano; y que, por desgracia, los llamados lazos indisolubles estaban amarrados con hilos de seda, pocos, incapaces de aguantar nada y si lo hacían, era por inercia o cobardía.

El hombre paró unos segundos para tomar aire, su voz seguía siendo casi un susurro:

-Pero la encontré a ella, o ella me encontró a mí, y todas mis ideas se vinieron abajo. Era absolutamente encantadora, no podíamos estar el uno sin el otro ni siquiera unos minutos. Teníamos personalidades completamente distintas, pero se
complementaban ambas. En el tiempo que estuvimos juntos, por raro que parezca, nunca discutimos, nunca...

La paloma, con un corto aleteo, se posó en el hombro del hombre. Arrimó un ala a su mejilla y acarició, suavemente, la misma.

-Hablábamos de todo..., literatura, pintura, música... Yo aprendí de ella y ella de mí. Nuestras conversaciones podían durar horas y horas. Y, respecto al sexo...

En ese momento, el hombre, con un movimiento brusco de la cabeza, miró a la paloma, como si hubiera notado por primera vez que estaba en su hombro. Con una mano la sujetó el cuerpo y con la otra, retorció las plumas blancas de su pescuezo..., y el propio pescuezo de paso. La tiró, muerta, hacia atrás.

-¡Mierda de bicho, son como ratas con alas... Aparecen en cualquier sitio!

A mí no me importaba mucho la paloma, tampoco me gustan, pero no quería quedarme sin saber el final de la narración del anciano.

Me senté en su banco:

-Perdone, le he estado oyendo. ¿Podría acabar su historia? ¿Por qué hablaba en pasado de su amor?... ¿Ella murió?

Volvió su cara hacia mí; vi unos ojos húmedos, cansados...

-Me dejó por el dueño de una tienda de ultramarinos; no era muy listo, pero tenía menos años que yo y el porvenir resuelto... Los poetas nunca hemos sido buenos partidos.

-¿La volvió a ver?

-Sí, una vez. Se había separado tras un año de matrimonio... Fue un encuentro breve, ya no teníamos nada que decirnos.

Me levanté. El anciano, como si al cambiar yo de postura fuera la primera vez que me veía, me dijo:

-¿Le he contado a usted lo de mi último e inolvidable amor frustrado?

-Sí –contesté- además llevo prisa.

-Y... ¿no habrá visto por aquí a una paloma que habla todas las mañanas conmigo?

-Creo que la tiene usted ahí, detrás del banco.

Volví la cabeza tras alejarme unos pasos. Había recogido a la paloma muerta, la puso sobre su rodilla izquierda y empezó a hablar:
-¿Te he contado...?

Su casa: cuento de Fernando




Llevo varios días abandonada. Nadie ha pasado a saludarme. El tacto de las manos humanas se me va a olvidar. Estoy cansada de gastar todo mi tiempo tumbada, sin hacer nada, sin enseñar, sin escribir. Pese al ruido que se oye, estoy embargada por este marasmo diario. Miro, una y otra vez, el reloj de la pared. Los segundos caen como ladrillos. Lejos quedan aquellas horas en las que trazos suaves perfilando círculos, rayando cuadrados o simplemente escribiendo palabras fugaces, daban sentido a mi vida. Todo, una vez usado, era escrupulosamente eliminado. Pero a mi no me importa. Es mi liturgia. Delete dice la chiquillería gritona. Odio los anglicismo. Pero últimamente los oigo por todos lados. ¡Mándame un sms!; anoche no hablamos por el messenger; he colgado a mi hermana en youtube.

Los alumnos de sexto hay que ver lo que saben. ¡Han visto tanto mundo! Sin embargo, yo, que llevo toda la vida dedicada a la enseñanza, no he podido ver el Mundo que ellos ven; oír con lo que ellos se taladran sus púberes tímpanos o dejarme colorear el brazo, el pubis o uno de esos pechitos aún por desarrollar, con aguja y tinta. No; yo sólo a enseñar. Ser fuerte, duradera, indestructible. Siempre al pie del encerado para que todos me vean, me usen, y hasta me utilicen como arma arrojadiza. Y jamás me piden opinión. Soy una víctima de este sistema de democratización por abajo. Soy un despojo inútil.

Y ahora que lo pienso: ¿por qué no decirlo en voz alta y clara?

Eran las once. Sonó la campana. Los alumnos de sexto salieron en orden. Tres hombres, en fila, simulando un mini ejército de ocupación y vestidos con monos azules metálicos, cruzaron la clase en perfecta sinfonía. Los politonos de los últimos alumnos en salir, dejaban en el ambiente un cruce de notas que formaban la banda sonora de aquella hora.

¡Una, dos y tres! El trío, al unísono, descolgó la pizarra. Así, la única tiza blanca, de yeso, vieja, roma, caía al suelo. El más alto se la guardó en su bolsillo. Otros dos hombres anónimos entraron. Llevaban en su manos un rollo de papel blanco satinado, brillante. Es el couché de la nueva enseñanza. Y en sus manos un buen puñado de rotuladores de colores.

Ella, en aquella oscuridad, sentía que algo pasaba. A escasos segundos de hacerse la oscuridad total, vió una ráfaga de luz ante sus ojos que la cegaba, mientras un vendaval envolvía todo su cuerpo. Y una humedad fría y extravagante comenzaba a recorrer su desgastada estructura nívea.

Su tumba, un charco a la salida del colegio.
Para siempre, aquella mancha blanca duraría for ever en la entrada de la que fue, durante toda una vida, su casa.

martes, 11 de marzo de 2008

Pancho, el incomprendido: Cuento de Cati Cobas



Esta es la historia de dos barrios muy muy viejos y de Pancho, el incomprendido.

Panchito estaba en el barrio de Las Latas desde siempre. Le parecía haber nacido con el adoquinado roto y los farolitos, que colgaban de los cables enredados bajo el cielo azul. Haber sido creado a partir de la paja de los techos y el adobe de las paredes de los ranchos. Quizás por eso nadie lo miraba demasiado o, tal vez, el problema era otro. Porque Pancho tenía un problema. ¿Saben? Un serio problema de comunicación. Él creía que hablaba claro y limpio. Que cuando decía "nube" todos entendían esa cosa algodonosa que andaba por arriba y a veces tapaba el sol o se disfrazaba de ovejita. Pancho creía que si decía "flor", sus vecinos iban a crear en sus cabezas el color, el perfume y la alegría y si decía "viento", todos iban a pensar en el gallito del techo de Doña Chola, la dueña de la casa de la esquina. Ésa que llamaban "La de la Veleta".

La realidad, la triste realidad, era distinta, pobre Pancho. Él decía "perfume" y a todos les olía a riachuelo podrido, "integridad" y se entendía "mezquindad", "delicia" y todos pensaban en la peor comida del mundo.

Pancho estaba cansándose. Y pensando en mudarse a otro barrio porque para él, el problema lo tenían los habitantes de Las Latas. Él sabía muy bien lo que decía y lo que sentía y cuando decía "nube" era éso y no otra cosa… ¡Qué tanto!

Una noche, cansado de que todos lo miraran de costado o desde arriba, fue a ver a Domitila, una negra gorda que vivía en las afueras de Las Latas y que tampoco era muy bien vista por ahí.

-Decime, Domitila…¿Vos sabés qué pasa conmigo y la gente del pueblo? ¿Por qué no me entienden? ¿Por qué todo lo que diga los hace mirarme mal o como si fuera sapo de otro pozo?

-Es que sos sapo de otro pozo, Panchito. Vos no naciste en Las Latas sino en Las Prímulas, más allá de la vía del tren y de la ruta. Pero te trajeron acá tan chiquito que te pensás que éste es tu lugar desde toda la vida- dijo Domitila tratando de ser lo más dulce posible.

-¿Por eso nadie me entiende…?- respondió Pancho, con un gesto de tristeza apenas insinuado.

-¡Por eso, m'hijo!- respondió la negra, tratando de acompañarlo en la pena.

Pancho fue a su casa y armó el atadito con las cuatro pilchas que tenía y comenzó a caminar despacito para el pueblo de donde nunca debió haber salido.

Las Prímulas le pareció un lugar de ensueño, con sus techos de tejas, sus veredas limpias y sus faroles que brotaban prolijitos del terreno sin cable alguno que los conectara, por lo menos en apariencia.

Panchito se sentó en un banco de la plaza y la gente comenzó a rodearlo y a preguntarle cosas. Lo mejor fue cuando Pancho se dio cuenta de que él decía "nube" y todos entendían esa cosa algodonosa que andaba por arriba y a veces tapaba el sol o se disfrazaba de ovejita. Decía "flor" y sus vecinos creaban en sus cabezas el color, el perfume y la alegría y si decía "viento", todos pensaban en el gallito del techo de Doña Berta, la dueña de la casa de la esquina. Ésa que llamaban "La de la Veleta".

Pancho respiró. Aunque había vivido en el lugar equivocado, ya nunca más sería incomprendido. Lo suyo era un problema de ubicuidad y se había solucionado definitivamente…

Fue recién después de unos cuantos días que Pancho se encontró con Pepe. Se pusieron a conversar. Pero a Pancho, nada de lo que decía Pepe le gustaba. Sus oídos y su corazón escuchaban de Pepe solamente palabras desagradables. Fastidio, envidia, desazón, angustia…¿Qué pasaba? Pepe parecía un tipo de palabras sanas, sin embargo…

Un día, Pepe desapareció de Las Prímulas y dicen que dicen los que saben que lo vieron consultando a la gorda Domitila en las afueras de Las Latas.
¿Alguien puede decirme si pudo averiguar qué se dijeron? Sería bueno que pudiera contarlo y que todos lo entendiéramos…¿Cierto?

Nemesio Curioso: Cuento de Cati Cobas



(Basado en un texto del inolvidable Wimpi, autor uruguayo)

Nemesio Curioso había nacido con una intriga existencial que le abrasaba el seso. Haciendo honor a su apellido levantaba la cabeza del moisés, como atisbando al mundo o jugando a la tortuga.

Y ese vicio de la curiosidad no se le pasó ni en el jardín de infantes ni en la escuela. En cuanto las maestras se descuidaban, ahí andaba Nemesio, destripando las muñecas de las nenas y metiéndole el dedo en las fosas nasales al gato de la portera. Su lema favorito era: "quiero saber qué tiene adentro".

Flor de susto se pegaron todos en el secundario, cuando lo encontraron desmayado, el día que se rompió el frasco de formol que guardaba la yarará, en la Sala de Ciencias.

Así, curioso siguió siempre, pero había algo que lo mantenía en vilo: saber si la bombita de la luz de la heladera permanecía encendida o se apagaba cuando la puerta de la misma era cerrada. Nemesio se acercaba siempre a la puerta del refrigerador, objeto de su mayor curiosidad, pero la luz se mantenía encendida hasta que la goma tocaba el marco.

Nemesio Curioso estaba reventando con la intriga hasta que un día dijo: "tengo que averiguarlo sí o sí". Fue a ver a una contorsionista que le enseñó el arte de enroscarse, y en cuanto pudo tomar forma lo suficientemente chica, como para caber en un estante de heladera, se metió adentro y cerró la puerta. La bombita se apagaba.

Nemesio sintió que había logrado su objetivo en plenitud.

Y así lo encontró la señora que iba a realizar la limpieza de la casa: enroscado y hecho un paquete de carne congelada, pero con la curiosidad absolutamente satisfecha.

Enjambre de besos: cuento de Manolo Cubero



Hola amiguitos, hoy os voy a contar una historia de Villa Alegre. Como vosotros sabéis, Villa Alegre es una de las aldeas más lindas de la comarca. Asentada entre un riachuelo de aguas cantarinas y un frondoso bosque de encinas, Paquito, el protagonista de nuestro relato de hoy, se sentía en ella el niño más feliz del mundo Sólo una cosa entristecía su vida cada año: Al terminar la recogida de la aceituna, su padre, se quedaba sin trabajo y tenía que viajar a otras tierras en busca del sustento diario para los suyos.

Como cada año, Paquito debía asistir al colegio, así que él y su madre se quedaban en el pueblo junto a la abuelita. Mamá no podía evitar que por las noches, cuando acostaba al niño y depositaba en su rostro el último beso del día, sus ojos dejasen escapar una lagrimilla. Paquito observaba en silencio cómo su madre se limpiaba a escondidas su cara mientras abandonaba la habitación. ¿Por qué llorará mamá?, se preguntaba una y otra vez mientras esperaba que el sueño cerrase sus ojos.

Una noche, el viento azotaba Villa Alegre con tanta fuerza que su infernal ruido impedía al niño conciliar el sueño. Apagados por el silbido del aire que se filtraba por las rendijas de la ventana, desde la cocina llegaron hasta él rumores de una conversación. Eran mamá y la abuelita. Ana, su madre, se quejaba de que, como cada primavera, ella se tenía que quedar sola.

-Hija, piensa que tu marido lo hace por la familia. Gracias a su trabajo, podemos vivir dignamente durante todo el año.

-Ya lo sé, mamá. Como sé que él también se siente solo allá lejos. Pero no puedo evitar pensar en él. Deseo tanto tenerlo junto a nosotros… El otro día, hablando por teléfono, noté que hablaba entre sollozos: él tampoco puede soportar vivir lejos tantos meses sin ver crecer a Paquito…

Paquito sintió que un nudo se agarraba a su garganta cuando oyó estas palabras. Sin hacer ruido, se deslizó hasta la puerta de la cocina, se asomó muy despacito y pudo observar cómo la abuelita abrazaba a mamá mientras la besaba delicadamente. Entonces comprendió que mamá, como él, también necesitaba el cariño de papá. Claro, se dijo, es que los besos de papá son tan hermosos…

A la mañana siguiente, en el colegio, el maestro les leyó un poema de una poetisa llamada Gabriela Mistral. Paquito tomó papel y lápiz, dibujó una flor y se la mostró al maestro.

-Es la flor del beso –le dijo.

-Te ha quedado muy bonita –le respondió éste.
-¿Me presta usted el libro para copiar el poema que nos ha leído?

-Claro, hijo. Tómalo.

Cuando Paquito llegó a casa iba radiante de felicidad. Se colgó del cuello de su madre y distraídamente, como sin darle importancia, depositó en sus manos una cuartilla en la que, junto a la flor del beso, se podían leer unos versos.

Mamá, sin poder evitar una lagrimilla de felicidad, los leyó en voz alta mientras el niño regaba de besos su rostro:

"Madre, madre, tú me besas,
pero yo te beso más,
y el enjambre de mis besos
no te deja ni mirar"...

Este fue el día más feliz de aquella primavera.

lunes, 10 de marzo de 2008

Clara y Maria: cuento de Pilar













Había una vez, no hace mucho tiempo, dos niñas – Clara y su prima María – que pasaban todos los años las vacaciones en casa de su abuela. Era una casa con jardín llena de rincones perdidos, emocionantes largos pasillos, y sombras donde las niñas encontraban sus propias fantasías. En la casa vivía también una mujer de cierta edad – Antonia - que ayudaba a la abuela en las tareas del hogar, y cuidaba de las dos niñas en ocasiones que estas se quedaban solas cuando la abuela tenía que salir. Era una mujer de mal carácter, regañona y pendenciera. Controlaba constantemente los pasos de las niñas, a las que vigilaba con exageración. Cuando la abuela salía, la mujer las encerraba en uno de los dormitorios, con el pretexto que sus juegos le impedían hacer la limpieza de la casa con tranquilidad. Clara y María se habían quejado a la abuela. Esta les dijo que tenían que ser obedientes y consideradas, no estorbando en su trabajo a la mujer, pero – le advirtió a Antonia – déjelas salir al jardín. Usted las acompañará"

Nada de esto cumplió la mujer. Cada día, cuando el coche que se llevaba a la abuela desaparecía al final del camino, Antonia llevaba las dos primas al dormitorio. Allí las dejaba cerrando la ventana y las puertas. No tenían posibilidad alguna de escapar, hasta que ella les abría la puerta con aire de no haber conseguido lo que había pretendido hacer. Oían el trajinar de su guardiana por toda la casa, el ruido de abrir armarios y cajones. Oían el correr de los muebles como si quisiera saber qué era lo que ocultaban detrás. Clara y María se pasaban el día juntas, echadas en la cama con un libro en las manos, demasiado asustadas para poder leer. Hasta sus muñecas parecían comprender con su silencio la situación. Pronto se aburrían y lo único que les quedaba era estar atentas a los ruidos de la casa. Habían ya intentado escapar de la habitación, pero sólo habían conseguido irritar a Antonia, que les amenazó:

- si lo hacéis de nuevo – les dijo – ateneros a las consecuencias. Yo soy aquí la que puede hacer y deshacer mientras no esté vuestra abuela. Y ella no se va a enterar. Pueden ocurrir cosas muy desagradables. ¿O no recordais lo que le pasó a vuestro gato por ser tan entrometido? ....

Las niñas sintieron mucho miedo. Cascabel había sido un gato juguetón y cariñoso, que no contaba con la simpatía de aquella mujer. Era muy travieso, y se metía en la despensa al olor del queso, el jamón, y demás atrayentes olores. En más de una ocasión había hecho los honores a un plato recién terminado de preparar. Ya había sido castigado con golpes por la sirvienta, que le cogió un odio mortal, hasta que un día apareció envenenado en un rincón del jardín. ¡Qué tristeza para Clara y María, perder el único compañero con quien jugar! La conclusión de todos en la casa fue que había probado del veneno dejado para los ratones en el cobertizo, pero las niñas nunca creyeron esta historia. Desde entonces no se atrevieron a enfrentarse con ella.

Así iba pasando el verano entre tardes desnudas de risas y juegos donde no existía la luz, hasta aquella mañana en la que todo empezó a ir mal. La abuela tuvo que marcharse muy temprano, y Antonia andaba muy nerviosa y de mal humor. ¡Pobre María!, se le volcó un vaso de leche y eso fue suficiente para que fueran castigadas las dos a no desayunar. De un empujón las llevó a su cuarto, con la advertencia de que estuvieran quietas y calladas si no querían que les pasara algo muy malo. Cerró con llave y se marchó. Antonia parecía impaciente, tanto que olvidó cerrar la ventana como en otras ocasiones. Esto lo aprovecharon las niñas para intentar una escapada cuando empezaron a sentir crecer el hambre. Cogidas de la mano salieron al jardín y fueron rodeando la casa. Había luz en el cuarto de la abuela. Se acercaron con miedo y mucho cuidado. Desde allí descubrieron el secreto del comportamiento de Antonia: había encontrado la caja donde la abuela guardaba sus joyas y el dinero. Después todo sucedió muy deprisa. Como si lo presentiera, la abuela regresó en esos momentos. Hubo gritos, amenazas, llantos. Acudió la policía, y después de oír el relato de Clara y María, se llevó a Antonia.

- Ya no teneis que temer, les dijo su abuela, mientras terminaban de cenar. He sido demasiado confiada con ella, pero no podeis negarme que es una excelente cocinera y que hemos de agradecerle el empeño que ha tenido en hacernos la cena para esta noche antes de marcharse.

En los ojos de las dos niñas se asomó el miedo. La imagen de su pobre gato envenedado hizo que empezaran a sentirse mal ...

Y colorín colorado este cuento aún no ha acabado.



domingo, 9 de marzo de 2008

El camión de la basura: relato de Micaela





Está oscureciendo; yo debía estar recorriendo la calle Fuente Vieja en lugar de encontrarme aquí, abandonado y triste, sin más compañía que la de otros carcamales que como yo, esperan ser desguazados cualquier día. Me voy a presentar aunque sé que a nadie le importa quien soy ni a qué me he dedicado. Soy el camión que hasta el día de ayer recogía la basura de la calle Fuente Vieja. Sí, he hecho ese recorrido nocturno desde hace cinco años siempre conducido por Manuel y acompañado por Tomás y Claudio que eran los encargados de vaciar los contenedores.

Manuel es un hombre bajito de anchas espaldas porque, según ha contado él mismo, de joven hacía mucha natación; le he tomado un gran cariño, siempre se portó bien conmigo incluso en los momentos en que yo afanaba al subir la empinada cuesta. En cuanto a Tomás y Claudio, no me son simpáticos, se quejaban continuamente de mi lentitud y más de una vez les oí comentar a Manuel:

─A ver cuando solicitas un camión nuevo y te libras de este trasto. Yo he hecho grandes esfuerzos por cumplir con mi cometido pero al final me fallaban las fuerzas y solamente lograba moverme gracias al buen trato de Manuel. Sobre todo ayer que fue mi último día, me costó arrancar; no sé porqué me encontraba agarrotado y cansado, hacía frío y toda mi carrocería temblaba.

─Vamos, amigo. No me digas que me vas a fallar el último día que estaremos juntos.

Estas palabras de Manuel me dieron la energía suficiente para renquear cuesta arriba y cumplir con el viaje de despedida. Si
hubiera podido hablar le hubiera dicho lo mucho que le quiero y le habría expresado mi eterno agradecimiento.

─Todavía tenemos que usar este cacharro ─gruñó Tomás.

─Si no nos deja por ahí tirados... ─remachó Claudio.

─Estad seguros que no nos dejará tirados. Se portará bien hasta el final.

"Gracias Manuel por confiar en mí incluso cuando yo mismo dudaba de mis fuerzas". Me porté bien. Subí la cuesta haciendo las paradas de costumbre:

La casa de Marta estaba cerrada porque han ido a casa de sus padres, su hermano está grave.

José, como todos los días, esperaba a que pasáramos fumando, en la ventana; siempre protesta porque le molesta el ruido que hacemos y no puede dormir. "A ver cuando cambiáis de cacharro y hacéis menos ruido", fue su frase de despedida. El contenedor de la esquina antes de la curva, estaba como de costumbre muy vacío, en esta zona vive gente humilde. Sin embargo el contenedor del recodo lleno hasta los topes; según comentan Tomás y Claudio es porque tiran muchos desperdicios de la huerta: naranjas podridas, hortalizas secas, ramas de podas. Arriba en lo alto está la casa grande, la última del recorrido; desde hace un año hay nuevos dueños y ya no hago el recorrido por la finca entre árboles y plantas bonitas. Era un delicioso paseo que suponía para mí como un premio después de la empinada ascensión. Al llegar a la casa vaciábamos el cubo y salíamos. Parece ser que a la actual señora no le agrada mi olor y han decidido cerrar la cancela de abajo; doy allí mismo la vuelta para comenzar el descenso.

Ayer, cuando llegué a la altura de esta finca y vi la cancela cerrada, me hubiera gustado pedirle a la señora que me dejara dar un último paseo por la carretera de la finca, subir hasta arriba entre naranjos y limoneros oliendo a azahar y allí pedirle disculpas por mi mal olor y decirle adiós. Sin embargo Manuel dio la vuelta y
comenzamos a bajar:

─¡Vamos trasto! ─gritó Claudio dando un tremendo golpe en la carrocería.

─Cuando lleguemos al vertedero te diremos "hasta nunca" ─apostilló Tomás.

Los dos rieron, no así Manuel que estaba serio y hasta me pareció que acariciaba el volante. Si no fuera por él les hubiera dejado tirados en lo alto de la cuesta; pero seguí hasta el vertedero haciendo un postrer esfuerzo que me costó quedar allí clavado sin poder moverme.

Llovía a cántaros y hacía frío. Tomás y Claudio se vistieron los impermeables y se alejaron corriendo. Manuel me acompañó un rato haciendo un recorrido visual por todo el interior de la cabina y hasta me pareció que tenía los ojos vidriosos. "Viejo amigo, me dijo, ya no puedes más". Dio dos palmadas en el volante y salió despacio cerrando con suavidad. "No te vayas todavía, por favor". No me oyó y se alejó con paso lento.

Me imagino que ahora con el camión nuevo el recorrido será más rápido y no correrán el peligro de que se les quede en mitad de la cuesta. Hasta es posible que Manuel ya no se acuerde de mí al notar entre sus manos el nuevo volante y hasta la señora de la casa grande dejará subir por el camino de la finca al nuevo camión que olerá a limpio...

El agua está cayéndome por toda la carrocería, siento mucho frío en la noche más negra de mi vida, quizás ya estoy muerto.
No sé el tiempo que ha pasado pero creo que está alboreando. Noto la luminosidad del nuevo día, también lluvioso, y hago un esfuerzo por caminar, todo imposible. Alguien se acerca hacia mí. Son dos hombres. Uno es Manuel, mi gran amigo.

─Tienen que estar por aquí ─comenta a su compañero─, quizás en la guantera.
─¿Me vas a llevar contigo? ─grito desesperado.

─Aquí están ─dice sin oír mis súplicas mostrando unas gafas.

─Pues has tenido suerte porque si lo llegan a desguazar te quedas sin gafas ─comenta su compañero.

Se alejan bajo la lluvia, antes de doblar la esquena Manuel se vuelve:

─Espera un momento- ─dice a su compañero.

Llega hasta mí. Saca su pañuelo y limpia las gotas de agua que resbalan a lo largo del parabrisas: "Yo también estoy emocionado, amigo" y se aleja para siempre.

viernes, 7 de marzo de 2008

La caverna de las velas: cuento de Lola



Pisss, pissss…

Ulises, escucha…

Me volteé, no había nadie a mí alrededor, y por supuesto yo no me llamaba Ulises…

De pronto la vi, su cabeza parecía un espejismo entre las olas. Era una joven, con el pelo rojo de algas marinas, que me miraba sonriente desde el agua. Me atrajo, a que negarlo, me atrajo de unamanera extraña…

-¿Me llamabas a mí? , yo no soy Ulises, que conste.

-Sí que lo eres y yo soy Nereida, aunque no lo recuerdes.

-Alucinas, chica, nunca he pisado estas playas, nunca he sido esa persona que mencionas, ni aún en sueños.

Nereida me miró con ojos sombríos, había una suave transparencia en sus palabras mientras me decía:

Cada periodo de años, muchos, te lo puedo asegurar, tengo permiso para salir a buscarte, necesito contarte un secreto, si es que quieres escucharlo.

-¿Qué secreto?, -me intrigas, no puedo evitar que despiertes mi curiosidad.

-Mañana a esta misma hora, ven a este lugar, y te llevaré a visitar "la caverna de las velas", allí sabrás toda la verdad…

Esa noche no dormí, juro por el cosmos que no dormí, el pelo rojo de Nereida, sus palabras, la sinceridad de sus ojos de indescifrable color, me hicieron imposible poder descansar. Nuestra conversación había hecho mella en mi ánimo y necesitaba saber más…

Yo me llamo Juan, no Ulises, y vivo en el corazón de Castilla (España), siempre me ha atraído el mar: ¡tiene tantos misterios ocultos en su seno!, pero… nunca pensé que en las costas de Zanzíbarme fuera a ocurrir algo tan insólito…

-Debe ser una turista loca, -pensé, tratando de olvidar el tema-
.
Al día siguiente acudí a la cita, por curiosidad más que por otra cosa: el sol, anaranjado y hermoso, estaba a punto de sumergirse en el horizonte. Nereida, o cómo fuera que se llamase aquella desquiciada, estaba exactamente en el mismo lugar que el día anterior: era bella, a qué negarlo, pero el influjo que desprendían sus ojos fue lo que me hizo perder la razón…

-Has venido, Ulises, gracias. Desnúdate y ven hacia mí, por favor.

Me desnudé como un autómata y comencé a caminar hacia ella adentrándome las aguas. Me tomó de la mano: su tacto era frío pero cálido a la vez…

-No temas y déjate llevar,- me susurró Nereida cerca de mi oído.

Acto seguido dio un salto, y se sumergió en las aguas arrastrándome con ella.

–Esta loca quiere ahogarme, - pensé -, pero, para mi sorpresa, respiraba perfectamente bajo el mar.

Nereida no tenía cola de pez,- pensamiento que había atravesado mi mente-, era un mujer completa con un minúsculo bikini color arena; tiraba de mi mano, con una fuerza inusitada, a través de un paisaje bellísimo dentro de las profundidades marinas: anémonas con luz, y corales de raras y perfectas construcciones, nos rodeaban. Peces extraños de todos los tamaños y de colores imposibles nos rozaban la piel sin ninguna clase de temor.

Me sentí fascinado, he de reconocer que por mi mente pasaron mil conjeturas: ¡aquello no era real! Nos metimos por una estrecha abertura entre las rocas y ascendimos a la superficie hasta que nuestras cabezas emergieron del agua.

Entonces la vi: "la caverna de las velas", y su magia atrapó todos mis sentidos. Casi tengo la certeza de que en ese momento me convertí, de repente, en Ulises. Era inmensa y estaba iluminada por cientos, mejor, miles de velas blancas.

Nereida me miró y sonrió: tenía una sonrisa tan cálida que dolía en el pecho. Con agilidad se subió a una roca plana que había frente a nosotros, y alargando sus manos me invitó a unirme a ella.

-Ven, Ulises, déjate llevar, olvida todas las trabas y barreras del mundo exterior…

Pero yo estaba desnudo, sentía pudor, -si ya sé, un hombre sintiendo pudor…-, y además estaba muy confuso. En la caverna había media docena de seres, -mitad hombre, mitad pez-, que nos observaban en el más completo de los mutismos. Uno de ellos se adelantó y me ofreció un lienzo blanco. Lo miré con cara de agradecimiento, salí del agua y me lo puse alrededor de la cintura. Me instalé en la roca junto a Nereida y ella me aclaró:

-Son seres del intra-mundo, no los temas, son extraordinariamente sensibles y muy inteligentes, pero no tienen cuerdas vocales para emitir sonidos.

Varios de ellos depositaron ante nosotros bandejas de nácar repletas de flores y frutas que yo no había visto jamás; también un recipiente que parecía una burbuja grande y que estaba lleno de un líquido color azul.

-Es la bebida del conocimiento, Ulises,-me explicó Nereida-, mientras ponía entre mis manos una especia de cuenco hecho de coral rosado. Estaba extrañamente sereno, ya no me importaba nada. Los hombres-pez empezaron a soplar unos instrumentos que me recordaron a las flautas: era una melodía que se te introducía por la piel, la sentías subir y bajar como si estuvieras dentro de un tobogán. Nereida tomó su cuenco y se lo bebió, yo la imité…

La cercanía de aquella mujer tan extraña, me incentivó entero: creía conocerla de siempre y a la vez no sabía nada de ella. Se acercó más a mí y me dijo:

-Estamos en la parte mágica de tu mundo, pero hay otros mundos, muchos más Ulises, tu siempre lo has sabido y has deseado encontrar la verdad. Esa verdad que se halla en los secretos de los abismos del mar; en las profundidades de la tierra; en las estaciones, en los sueños, en los volcanes, en las ramas de los árboles, en el viento…

Nereida pegó su boca a mi oído y comenzó a hablarme en un idioma que yo no podía entender, pero que mi mente captaba a la perfección. Me lo contó todo, todo…, las piezas empezaron a encajar en mi cerebro. Perdí el sentido del tiempo y la percepción del lugar en que me hallaba; se nubló todo a mí alrededor, creo que me desmayé…

-Señor, Señor, despierte, un poco más y se lo lleva la marea. Son las doce de la noche: ¿qué hace desnudo al borde del mar…? está enfermo, necesita ayuda?

Enfoqué mis ojos hacía la luna y hacia el nativo de piel caramelo. -¿Dónde estás, Nereida?, pensé…Entre mis manos tenía fuertemente aferrado una especie de cuenco de coral rosado, aún lo conservo, en su base descubrí grabados unos signos extraños: sé que pone Ulises…

jueves, 6 de marzo de 2008

Devora: relato de Atho



He tenido un extraño sueño. No sabía dónde estabas, a veces te llamaba, a veces me enfurecía; no sabía si regresar a ti. Me sentía demasiado solo. El caso es, que, te veía en París cuando huiste sin decir nada. La soledad la he hecho mía; no me importa volver o no; creo que ya no te quiero; mi novia es la soledad; no vengas ahora a mis sueños; no podría decirte lo que te quise; eres del pasado; todo es inútil; estoy muriendo sobre las huellas de nuestra pasión. Pasé días inolvidables, de intensa vida amorosa; hiciste sentirme importante; nuestra relación afectó muy profundamente a mi personalidad; no lo tenía previsto; después, en algún momento, todo fue nada; nada me importaba, y eso, eso me hizo darme cuenta que iba contra mi destino. No quiero añorarte; pienso, en lo que ahora podría decirte; ¿sabes?... ¿No supe quererte? ¿No hice esfuerzos? pero, siendo como fue, fue mejor. No sabré nunca si tú me quisiste; yo sí te quise.

¡Hasta nunca! Atrás quedan nuestras vidas, nuestro extraño amor; mi sensación íntima es, que así, es mejor para los dos; me habrías destruido; adiós para siempre... ¡hoy solo soy un vacío!

Se ha quedado dormido sobre las hojas de su diario.
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Niebla de madera quemada.

Anda desorientado por la senda que le lleva hacia su destino. Rayos de sol iluminan un valle lleno de belleza primaveral. Allá en su interior, en el centro, una columna de humo impulsada por la brisa, se va depositando sobre el tejado de una cabaña. Es de madera y piedra cubierta de musgo. La majestuosa soledad de la casa, las prodigiosas piedras de sus muros, atraen misteriosa y amistosamente. Allí se dirige. Llama a la puerta con la palma de la mano.

-¡Voy! Enseguida te abro amigo Atho.

La sorpresa es mayúscula. Se pregunta: "¿Cómo sabe mi nombre la persona que habita en esta casa solitaria, en medio de este claro del bosque?"

Un hombre de una edad indescifrable, de cabellera y barba blanca, sonriente, le tiende la mano y le invita a entrar.
-Pasa, no temas, sé tu nombre desde hace mucho tiempo. También supe que, vendrías por estas fechas a este bosque sagrado. Soy el druida Aik; yo he provocado la niebla para encaminarte hasta aquí.

Se sientan al lado de una mesa de roble, sobre el tablero hay una hogaza de pan moreno y frutos del bosque. Ramas de leña seca arden en el hogar, y antes de desaparecer, cuentan íntimos secretos al fuego que las consume. Un chisporroteo de brasas se precipita sobre el suelo a los acordes de una melodía invisible, mágica y alegre. Un gato, al lado, hunde la cabeza entre sus partas delanteras y sigue con ojos medio entornados, todos y cada uno de los movimientos de los dos hombres.

-Debes saber, amigo, que nosotros los druidas, por designio de nuestras divinidades, somos preceptores de los jóvenes llamados a grandes empresas humanas. He sido elegido para darte un misterioso amuleto. Estarás obligado a emplearlo para cumplir tu objetivo existencial. Ankú, dios de la muerte, me entregó esta esmeralda, de la cual te valdrás para conseguir ese fin.

Mientras le hacía entrega de la piedra verde azulada, siguió:

-Llévala encima hasta que encuentres la persona que necesite de su magia. Esta piedra preciosa, es una de las siete que llevaba en su frente el bello Luzbel entes de ser precipitado en las tinieblas del Abismo. Sana a los enfermos mentales. Si es satisfactoria la acción que propongas, la persona sanará y estarás cerca de conocer tu destino. La piedra desaparecerá, e irá otra vez, a las manos de Ankú.

Antes de que le pida explicaciones sobre el asunto, Aik, abre la puerta y se marcha sin ruido, como una burbuja que arrastra la brisa, como una barca que conduce el viento.

Las sendas del bosque que roturan el paisaje, se disipan al recibir una lluvia torrencial. Aik, envuelto en esa lluvia, convertido en unicornio, desaparece en la espesura. Y la cabaña también. Piensa: "Debo huir una vez más, doblar el horizonte de los deseos y partir"

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Atho, entra en Barbastro, tras ser reconquistada, acompañando al rey Pedro I y a su hijo, el infante Pedro, casado con Sol, hija del Cid; al futuro rey sucesor, Alfonso; a los ricos hombres de las familias Aznárez, Garúz, Panzano, Dat, Sánchez y otros.

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Abracé el judaísmo en Bizancio, bajo la dinastía Isaúrica; me amputaron la memoria religiosa y la ataron a los sueños que nunca se recuerdan. Cien años antes, siendo cristiano, luché contra los árabes; Heraclio nos pagaba muy bien, con la moneda de oro de Bizancio, muy apreciada dentro y fuera del Imperio. Conseguimos rescatar la Vera Cruz; acorralamos a los persas, perseguimos a los búlgaros y sometimos a los eslavos; devolvimos la Cruz a Jerusalén. Corría el año 630. Ahora lucho al lado de mi señor el infante Pedro, como caballero de honor de su esposa Sol, la hija del Campeador.

Devora, miembro de una rica familia judía conversa de la ciudad del Vero, establecida desde la capitulación de Jerusalén tras la ocupación árabe, está embelesada oyendo al caballero que ha entrado triunfante en su querida ciudad.

-Atho, mi alma, mi mente, mi destino, mi voluntad, mis deseos ardientes se transforman, se acrecientan cuando estoy a tu lado; como el viento cuando acaricia los árboles de la orilla del río, de mi corazón surge una melodía distinta; cuando se reflejan los rayos del sol y de la luna en tus ojos, me producen la curación de ésta enfermedad que me consume; esta pasión carnal que me destroza.

Las personas ciegas de pasión, trémulas de sexo, excitadas por el pensamiento obsceno, violentas de carne, no pueden amar con verdadera libertad, decisión y valentía. Sin brújula, camina por el desierto de su vida, lleno de amores inútiles, amores condenados a muerte.

A orillas del río Vero que riega la fértil huerta de Barbastro, Atho y Devora, descansan; sus miradas se elevan hacia la parte alta de la ciudad, donde una peña gigantesca domina toda la vega y la muralla que circunda las viviendas. Dentro de su recinto el trajín es grande, el ejército aragonés y catalán, tras largo asedio ha tomado la plaza a la morisca. La mayor parte de los asediados habían perecido y los supervivientes fueron enviados a moros de Fraga y Lérida, de acuerdo con las condiciones del rey Pedro.

Es primavera, y la ciudad, ofrece un aspecto tranquilo, la población se recupera de los estragos de la batalla. Los judíos han ocupado sus puestos en el mercado y la actividad comercial es grande.
Atho y Devora han ido en procesión a la iglesia del Santo Sepulcro, situada junto al peñón del Entremuro; es día de la Santa Cruz de Mayo; olor a tomillo y tierra mojada; sombras de avellanos aterciopelan las laderas del río.

-¡Háblame de ti! Quiero saber de otros mundos. Mientras esto dice Devora, inclina su cabeza de melena negra cuervo, sobre el ancho hombro de Atho; entorna los párpados dispuesta a soñar con los relatos.

Nosotros, vivimos en llanuras sin fin, guiados por las estrellas, tratamos de encontrar senderos que nos conduzcan a la felicidad; escuchamos del viento y del silencio, las palabras que nos hunden en la verdad; somos Cazadores de Sueños. Hace muchos siglos, llegó el Viento que no tiene edad; robó las palabras de todos los seres del Universo y las enterró bajo el Tiempo, donde duermen para siempre los amores que nunca empezaron; nadie hablaba de amor; eran vulgares, descuidados y perecederos; aparecieron silencios distintos de la muerte; solo quedaron vivos los sueños.

-¿Y...?
-Otro día seguiré, vamos, te acompaño a casa, las sombras de los olivos se esconden bajo la tierra y es hora de regresar, debo presentarme a mi señor el Infante.

Cuando entraron por la puerta de Hierro, en la lejanía, entre el cielo derramado y el río de cristal, un inmenso terciopelo vegetal resplandecía sin cesar.

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Sus pensamientos quieren dibujar el cuerpo de Devora. Su caminar perpetuo hacia el Gran Secreto de su Destino, no debe interrumpirse, no debe escuchar la llamada de esta pasión, no debe perderse en la contemplación del amor de esa mujer. Ella lleva consigo una pasión de sexo duro y puro. Él perdería su juventud en las noches de amores prohibidos. Luego, desengaños largos, amarillos y rotos. Ella sabe amar bien, ama mal solo a quien no sabe amar con tórrida pasión. Piensa: "Mañana le haré entrega de la esmeralda; su enfermedad de sexo, es mental; la piedra mágica le hará recobrar el equilibrio entre el amor puro y el sexo. Si como espero sucede, podré seguir mi camino".

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La tarde forma siluetas de montaña bajo el sol que mueve nubes y hace brillar los trigos en ondas verdes, levantando olores a la tierra húmeda; los trinos de los pájaros hacen brotan colores brillantes a los líquenes y a la piel de las salamandras, suavidades de musgo. El sol empuja al atardecer; mitad sonido de lluvia, mitas rayo, es la voz de la arboleda que protege el río.

Esclavo de su destino, Atho guarda el amor desesperado fuera del tiempo, colgado de la tristeza del principio sin final. En la plaza del mercado está esperando Devora en la puerta de la tienda de su padre; es la hora de cerrar. Ve a Atho y corre alegre a su lado.

-Buenas tarde amor-, Le da un abrazo y un beso prolongado en la boca,. qué alegría, vamos a pasear por el camino de Santa Fe y me seguirás contando lo que ayer quedó sin concluir.

Cogidos de la mano inician el paseo hacia las huertas, cruzándose con los campesinos, que llevan sus hortalizas con destino al mercado de la mañana siguiente.

-Querida Devora: Amar es alterar lo Eterno, llenar de alegría el abismo de la indiferencia.

-De eso no sé nada. Solo sé, Atho, que te quiero como nunca pensé podría querer a nadie. Quiero que tomes posesión de mi cuerpo, quiero que tu cuerpo sea mío. Hagamos el amor ahora mismo, aquí, en esta senda, tras este cañaveral; no digas, no; te deseo tanto...

-Devora, en un país hubo una mujer joven y hermosa como tú. Ardiente, sin trabas morales, solo quería el amor de la carne, aquella hermosura dejó sus más ardientes pasiones en las refriegas eróticas y sexuales más retorcidas, sin sentir tras cada encuentro, libertad en su vida amorosa. Aquello, que al principio le pareció bello, cubrió su cuerpo de miseria. No pudo levantar el vuelo y se alejó arrastrándose por la vida como una culebra. Un día cuando despertó y abrió sus párpados, aquellos ojos verdes, no vieron el amanecer; estaba ciega; los dioses la castigaron por no haber envuelto el amor del cuerpo con el hechizo del amor misterioso del alma pura.

-No sé que hablas. Pero... ¿porqué no me quieres complacer?, ¿no te resulto atractiva?, ¿no te gustan mis pechos?, ¿tampoco mis caderas, ni mis piernas duras como la peña?

-Cuando el sexo duro y sórdido pone los pies en las personas, la bestialidad se apodera de todo el territorio del alma. El sexo tapa problemas de la mente y produce otros; el sexo sin amor, espejo mal pulido, nos devuelve la imagen deformada de la realidad amorosa, si no existe una paralela vitalidad espiritual pura.
-Devora, te voy a hacer entrega de una piedra esmeralda. Aprisionada entre tus manos sobre tu pecho, obrará un milagro.

Atho se aleja de Devora como las hojas muertas cuando caen de sus ramas. La última ráfaga del viento lo confunde con la lejanía. Unos músicos callejeros cantan y la brisa salta del campo a las calles de la ciudad. Devora harta de verlo todo solo, roto, regresa destrozada y cae en la cama. Mientras la tristeza vuela sobre el alma por la marcha de Atho, en su regazo, aprisionada la esmeralda extraña y hermosa. La piedra preciosa, al calor de sus pechos, dibuja un arco iris y desaparece entre estrellas de colores.

Atho sigue dormido sobre las hojas de su diario.

Cuentos: poema-cuento de Luci



La zapatilla de cristal
se rompió en mil pedazos,
y el príncipe está condenado
a recogerlos eternamente.

Por qué el amor es siempre olvido,
como el dolor al que vuelvo
con la misma pertinaz cadencia
que la ola hasta la orilla.

Caperucita abrazó al lobo
y el hacha del leñador
cortó sus cabezas al unísono,
tiñendo de rojo piel y capa.

Por qué preciso amarte tanto,
como la vida que desvivo
mientras te sueño sólo mío
y permaneces conmigo ausente.

El país de las hadas: cuento de Pilar









Para todos los que creen en los cuentos, que de ellos es la ilusión


En los cuentos de hadas el Tiempo es caprichoso, a veces tiene prisa, otras se demora, gira en círculos invertidos, y hasta hace dormir años a príncipes y princesas que tienen como madrinas a las
hadas. Quise ser una de ellas: oro en el cabello y faldas largas de transparente muselina. En las manos una varita mágica que no fuera motivo de problemáticas ausencias, hechizos torpes y conjuros. Quise tener mi propio bosque, y en el bosque un lago donde se bañaran hadas y duendecillos malhumorados, algún que otro gnomo, y sueños que tuvieran sed. También me hubiera gustado tener una casita de caramelo y chocolate, setas habitadas, y magos que cumplieran todos mis deseos en las noches víspera de luna llena.

Quise tener un bosque y a cambio de esto tuve un jardín con árboles como gigantes, hojas amontonadas, flores, y multitud de rincones secretos – mi Isla encantada- que nada tenía que ver con el mundo de los mayores. Allí, entre las claroscuras sombras en tardes calurosas y en las brisas de las noches de verano, comprendí que la verdadera magia es ver más allá de las imágenes escritas en los cuentos, y fue el Cantor de Vientos quien me llevó a ese reino cercado, quien con su rumor persuasivo me hizo apreciar los sonidos, escuchar el murmullo de un tiempo que no terminaba de pasar. Acurrucada en mi rincón favorito protagonicé historias fantásticas e interesantes encuentros: observé a cisnes desnudos bailando a la luz de la luna, conocí a Tomás el Versificador, fuí testigo de como Orfeo liberaba a su esposa, me enteré de cómo Morgan - la más famosa de todas las hadas - se llevó con ella a Arturo el Rey.
Me sentí viajar en un tiempo trémulo de incertidumbres, en un espacio más allá de los Confines y que ha quedado ya invisible en la historia para siempre.
No, no tengo un bosque, pero sí tengo un jardín con tulipanes, iris, jacintos, y sombras donde juega con frecuencia el Viento, y en el que duerme mi mal criado gato – dueño y señor de todo el territorio - que lo único que espera es cazar ratones, y de eso también suele haber mucho en mi jardín.

Y yo parada: poema-cuento de Socorro



Y YO PARADA

Todo se mueve:
la distancia, el amor, las gaviotas
el Mar que vaivenea disgustado
con una desazón de escamas húmedas
con un ir y venir de turbaciones
derramadas –espuma- sobre el hueco
que algún pie fantasmal dejó en la arena.

Todo se mueve:
el deseo, lo azul, las golondrinas
que han vuelto del oscuro becqueriano
hasta el balcón sin rejas de mis ojos
por los que se descuelgan las miradas
lo mismo que ladrones al acecho
dispuestos al asalto. Y a la huida.

Todo se mueve:
aquel recuerdo incierto –primavera-
que parecía dormido para siempre
o mudo cual fracaso de un jurista,
acostumbrado al ruido de sí mismo.
Como aquella sospecha del encuentro
batiendo en los trapiches del latido.

-Es posible que vuelva el hombre aquel
porque todo se mueve en lontananza-

Todo se mueve.

-Veo-

Y yo parada.

Por si acaso...


miércoles, 5 de marzo de 2008

Sira: relato de Rosa






Se llamaba Sira, era una perra Doberman de porte fino, elegante. Presumía de físico paseándose por el patio de cemento y meneaba el rabo corto como si en realidad fuera el apéndice de un Teckel o un Pointier.
El pelaje de su lomo era de un color semejante a tierra negra, pero brillaba al sol veraniego como un azabache revolcado en polvo de estrellas. No tenía ni un gramo de grasa y cuando se tumbaba en el suelo estiraba sus patas delanteras, elevando de tal manera su cuello, que a mí siempre me recordaba al dios egipcio Anubis con aquella magnanimidad en su perfil. Ella procuraba que nunca pasara desapercibido ese movimiento, recreándose en el acto, perezosa y coqueta. Era su momento cumbre.
Sus pequeños ojos negros nunca miraban de frente, y siempre había que llamarla dos o tres veces para que se dignara volver la cabeza. Era hermosa y ella lo sabía. Sólo ladraba de noche, evitando así que, tal vez, sus roncos y alterados ladridos no rompieran su imagen de dama perruna. No tenía tendencia al juego como sus hermanos, pero tampoco evitaba la compañía de los niños y los toleraba paciente, hasta que cansada de ellos y su griterío infantil, se dirigía lenta hacia la parte ocupada por los adultos, iniciando su rito de diosa.
El día que se quebró su estatus de adorado animal, estaba yo, después de un baño y su cepillado diario, acariciándole la parte de la cara y el cuello donde los perros, según me contó mi primo Justo, más aprecian al tacto. Parecía que Sira, disfrutara de ese instante de veneración, cuando el pequeño Tito, de 5 años, se acercó para reclamar su atención con la inconsciencia de su corta edad, pero equivocó el modo... Creo que todo lo habría consentido Sira, menos que le estropearan su figura y pelaje, tras el acicalado diario, clavándole las sucias manos en el lomo.
Supongo que en ese momento, sintió que todo aquel polvo de estrellas de su pelo se deshacía entre las manos del niño, y sin poder contener la rabia, se revolvió furiosa. Al comprobar que era el pequeño el culpable de semejante profanación, pareció que recordara algo sobre los niños porque, con un movimiento rápido, se lanzó sobre mí con una fuerza descomunal. Apenas tuve tiempo de apartar mi brazo izquierdo ya rasgado cuando sentí que en el muslo derecho me clavaba sus afilados dientes.

Escuchar su nombre en un grito que cortó el aire, la hizo pararse y mirarme. Parecía que de repente hubiera vuelto de otro lugar y no fuera ella, porque otra rabia más profunda y dolorosa se apoderó de sus ojos vidriosos, enseñando los dientes mientras reculaba alejándose de mí. Habría jurado que estaba a punto de llorar, y en mi propio delirio casi podía ver un ligero temblor en su mandíbula en una mezcla de emociones difíciles de determinar.
Lo más triste aconteció al regresar a casa de la clínica de D. José, el médico, tras el restregón en las heridas con estropajo y jabón y la inyección posterior, pues la perra-dama había desaparecido. Desde entonces, siempre he pensado, recordando aquella última mirada, que Sira sólo defendió lo que más valoraba de sí misma y ellos no lo comprendieron, condenándola por aquella funesta circunstancia.
El castigo para todos nosotros -y en especial para mí- fue la opacidad que se adueñó del patio todas las tardes restantes de aquel largo verano.

Exorcismo: relato de Carmen Amaralis









Trato de mirar y no me encuentro los ojos; en su lugar: dos cuencas de fuego y frío. Estoy ardiendo en llamas, muerta de espanto. Rayos y maldiciones me envuelven, y les oigo reír, gritar mi nombre, mofarse de las veces en que tuve buenas intenciones y fallé por sus culpas, ahora mías.

Las mentiras se convierten en cadenas que me arrastran agarrándome el cabello largo, largo. No tengo fuerzas, pesa mucho mi cuerpo, enredado en el rencor y los prejuicios. Los gritos, cada vez más ensordecedores, se convierten en imágenes ponzoñosas. Las garras afiladas hacen surcos profundos, dejando ver las vísceras. El corazón está seco, cubierto de raíces.

Palpo este cuerpo en convulsiones y espasmos. Lo reconozco, es el mío. Estoy entre la cruz y el vientre de Luzbel. Hablo lenguas, de mi garganta salen alaridos roncos y en espirales se disuelven sobre el altar.

Siento una presencia aunque no puedo ver, está ahí. Me cubre con inciensos y lucha por arrancar de mí los mil demonios que me atormentan. El olor a azufre me penetra hasta la garganta y un áspero ardor me nubla aún más el sentido. Lucho por besar la cruz. No puedo. Me arrastro poseída, trato de apartar las sombras, tocar a mi ángel. Me aferro a sus manos y en vano trato de incorporarme. Es entonces que recuerdo el momento de mi nacimiento. Me veo envuelta en la sangre materna, y en los ojos todo el azul del cielo se mezcla con el hedor de la noche. En mis oídos cantos gregorianos me elevan ante el trono majestuoso.

Desde la luz lejana una voz diamantina se escucha cuando dice: estaba escrito, no naciste para amar. Es entonces cuando caigo muerta. Nunca se logró el exorcismo.